
Beatrice. 1, 2, 3 y abrió los ojos. Ahí estaba el mundo que conocía; su habitación entera, su lugar favorito. Maurice se escondía en el agujero en la pared que él mismo había hecho a la fuerza con la pala de papá cuando Beatrice no estaba, y que cubría con el mueble de la ropa de su hermana ¿Para qué abrió Maurice un agujero en la pared de su habitación? Pues porque de haberlo abierto en la sala no podría haber visto a Beatrice cambiarse de ropa después del baño a través de los diminutos e insospechados agujeritos que había perforado en cada gaveta, siguiendo el orden vertical de las mismas para tener una imagen continua, ininterrumpida y completa, de su hermana desnuda.
Ahora, Maurice arriesgaba en una jugada estratégicamente atrevida, su provechosa locación para fisgonear, al establecer como una posibilidad tácita en las reglas del juego, que podía y debía ser encontrado, revelando ipso facto el hogar de su juego unilateral, egoísta y pervertido.
-¡Ay Maurice! ¡¡¡Ayyyy Mauriiiiiice!!!-. Exclamaba la chica comenzando el juego, mirando a derecha y mirando a izquierda, levantando sábanas de su cama y de la de su hermano, escudriñando el armario, buscando en el baño, en las repisas lo suficientemente grandes como para contener a Maurice, adentro de las gavetas vacías (la mayoría), al tiempo que pensaba lo estúpido e improbable que era buscar y que sería conseguir a su hermano ahí; de nuevo en la cama, debajo de ella, de nuevo en el armario. Por fin, un minuto de quietud. La niña fatigada descansaba de pie en el centro de la habitación pensando ¿cuál podría ser el lugar de escondite de su hermano? Y recordando a su vez la única regla del juego: Jamás salir de la habitación.
Maurice se tapó la boca con ambas manos para evitar que cualquier sonido se escapase accidentalmente, y también para amortiguar la silenciosa bulla de su respiración al arquear un poco las manos y crear una recámara que aislara el roce que producía el aire que exhalaba contra sus manos. Beatrice comenzó a caminar lentamente, disimulando en una sobreactuación infantil su intención. Miraba a varios sitios de la habitación, con las manos sostenidas en la espalda. Daba pasitos apenas útiles, Divagaba sin objetivo, cambiaba de dirección y volvía a la anterior, con el mismo sentido primigenio: aún ninguno. La chica pretendía en su andar desinteresado y su terrible interpretación de alguien que se daba por vencido, que no conocía del escondite de su hermano. Eso intentaba decir con el suave mecerse por la habitación, y eso escondía ella misma. Lo cierto es que a Beatrice le encantaba que su hermano la mirara recién salida de la ducha, cambiarse de ropa e incluso algunos juegos propios íntimos cuando no podía contener esta excitación. Esta sería la clave para ganar esta partida. Suspirando un aliento depresivo que podía traducirse como “De acuerdo, me rindo, no creo que siga estando en la habitación”, la hermana menor por un año se echó sobre la cama de su hermano mayor. Maurice no sabía que pensar pero no era algo que le perturbara, es decir, no haría nada para cambiar su presente situación.
Beatrice llevaba puesta una falda que llegaba a sus rodillas, una franelilla sin mangas y medias de algodón hasta los tobillos. Lo primero que hizo, ahí acostada sobre las sábanas impregnadas con el olor de su propio hermano, fue con cada piecito, removerse la media del otro piecito. Comenzaba a frotar un pie desnudo contra otro, le gustaba la sensación de su piel despertando al tacto de ella misma. Estaba plana sobre el colchón, cómoda y descalza, comenzaba a sentirse fresca y le gustaba; enseguida se quitó la franelilla, revelando dos perfectos senos de quinceañera, redondeándose pero no del todo aún, puntiagudos y respingones al final, afilados en sus pezones erectos, grandes y rosados contra el blanco lácteo de la piel alrededor de la aureola; tenía las tetas bien paraditas. Ahora una mano abierta frotaba bruscamente, de arriba abajo, su seno, rozando con brusquedad el pezón y haciéndolo más duro; luego, con dos dedos, lo apretaba y lo pellizcaba. Sentía que estaba mojando la cama de su hermano, así que abrió las piernas para, definitiva y seguramente, mojar la cama de su hermano. Las separó lo más que pudo y las alzó en el aire contrayéndolas para obtener la sensación de movimiento y penetración. Casi sin darse cuenta llevó sus manos entre sus piernas y comenzó a masturbarse sobre la ropa interior de algodón. Maurice sentía una erección casi dolorosa y su respiración ya no podía ser normalizada; si permanecía un segundo más en aquél agujero ahora caliente, sudoroso y asfixiante, estaba seguro de que le daría un infarto. El joven completamente hormonal y excitado más allá de toda razón, empujó con fuerza de más el mueble que lo encerraba y lo cubría detrás del agujero en la pared. El mueble cayó con un estruendo y del claustro en la pared salió disparado Maurice hacia la habitación. Beatrice no reaccionó sorprendida, y se limitó a incorporarse sentada sobre la cama y esquivar al cuerpo proyectil de su hermano, puesto que solo sucedía lo que esperaba: ganaba el juego de las escondidas. Maurice pensó al caer de bruces en el suelo, que en su turno de buscar rociaría la habitación con gas mostaza.

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