Un día más en el que su ánimo llovió sobre su mundo. La niña entró en sus piyamas más íntimas, un pantaloncito corto y una blusa sin mangas. Y tan fresca como pudo entró en cama. Se arropó como si intentara adherir las sábanas a su piel, se envolvió en su manto y cerró los ojos. Se entregó de nuevo. Y las horas desaparecieron. En su gran incubadora permaneció inerte, intacta por fuera; sin embargo, en su sueño algo cambiaba. Y las horas reaparecieron.
La luz permitió ver todo de nuevo y después de la confusión recuperó el sentido y la pose confortable. Fue una paz efímera. Al recuperar noción de su cuerpo entero, Nadia sintió que su reposo era distinto, que acababa de salir de un estado de conmoción en su cuerpo, aunque no lo estuviese sintiendo en el momento. Sentía una calentura en el pecho y entre las piernas, y que su respiración se normalizaba pero que segundos antes había sido frenética y torpe. Asustada hizo el primer intento por salir de la cama y ponerse de pie, pero al moverse se detuvo instantáneamente aun con más miedo. Estaba empapada, no húmeda, sino mojada entre las piernas, se sentía muy incómoda y avergonzadamente repugnada. Entró en pánico, quería llorar. No entendía nada, era la primera vez que algo así le ocurría. Se incorporó con cuidado sobre sí y se dirigió al baño. Se sintió con su mano entre sus piernas, estaba impregnada de sus propios jugos. Era algo cálido y viscoso, transparente, de olor extraño, no precisamente desagradable, pensó, pero ciertamente extraño. Se limpió y descansó sentada sobre el inodoro por un momento, intentando comprender que había sucedido mientras dormía. Una y otra vez acercó sus dedos aun impregnados de la traslúcida sustancia a su nariz y aspiraba fuertemente; algo de su aroma le disgustaba, pero por la misma razón lo continuó haciendo, conducida por un extraño placer implícito en aquello. La niña desistió de la razón y cambió sus ropas húmedas por otras secas, aun era de día pero pronto oscurecería. Intentó no pensar en lo sucedido, pero era difícil. Entonces llamó a Ana, su mejor amiga, su única amiga. Ana tenía quince años, estudiaban juntas. En el colegio no eran muy sociables, estaban siempre solas y todos hablaban de ellas a sus espaldas. Corrían rumores de connotación sexual vinculados a las chicas. Ellas lo ignoraban; de hecho ignoraban todo lo que sucedía en la escuela. Las dos contra el mundo y el mundo contra ellas. Ana era la única persona a la que Nadia podía llamar para pensar en otra cosa. Se encontrarían en la quebrada que se encontraba a medio camino de la casa de ambas. Nadia se vistió con el primer vestido desaliñado que consiguió y salió de prisa a su encuentro con su amiga.
Mientras dormía había escampado, el cielo sin embargo continuaba gris y la tarde era tan melancólica como lo era antes del sueño. Armada tan solo de su ligero vestido de algodón morado y unas imponentes botas militares negras, Nadia salió de casa y caminó por las desiertas calles de su urbanización; dos cuadras más adelante se encontraba Ana sentada junto a la quebrada, mirándola desde lo lejos, esperándola. Nadia se sentó junto a su amiga sin decir palabra y las dos observaron por un momento la crecida quebrada, a causa de las lluvias. Ana comenzó a reír y se recostó sobre la grama, Nadia imitó la segunda acción; una vez que yacían juntas Ana habló: - Hoy besé a un chico -.
Nadia no comprendió. No prestó atención realmente, continuaba algo perturbada por su propia experiencia del día. Entonces Ana continuó: - David ¿Sabes? El chico nuevo. Nos quedamos después de clases y me acompañó a casa, lo invite a entrar y…-
-¿Qué quieres decir?- inquirió Nadia sin mucho interés.
-Ya te dije ¡Me besó! ¡Sin preguntarme, sin decir más nada, solo lo hizo!- repuso Ana riendo.
En cualquier otra ocasión Nadia hubiese reído con su amiga, le hubiese dado a aquello la importancia que merecía en su adolescente realidad. Pero ese día no. No hubo otra respuesta más que el silencio de las amigas por un momento. Ana, naturalmente extrañada, interrogó a su contraparte: -¿Qué sucede Nadia? Estás muy extraña. Algo te pasó, cuéntamelo-.
Nadia ni se inmutó. Como en un trance permanecía acostada junto a su amiga con la mirada fija en los árboles que se extendían verticalmente sobre ellas. Como soñando de nuevo. Ana continuó llamándola, le hablaba sin obtener respuesta. La chica estaba en una especie de coma. Catatónica, cadáver o en una entropía espontánea. Entonces comenzó a respirar aceleradamente, su cuerpo temblaba en espasmos involuntarios y su gélida piel comenzó a transpirar descontroladamente. Ana se asustó, sostuvo a Nadia por los brazos y la agitó violentamente, repitió su nombre como si esto le fuese a devolver a su amiga y comenzó a llamarla con un tono de voz cada vez más desesperado. De repente la mirada muerta de Nadia recobró vida y sus ojos se posaron en los de Ana. Como si el susto que ésta se había se llevado hubiese sido poco, Nadia, impulsada por la misma fuerza fantasma que la sacudió segundos antes, se lanzó hacia arriba, hacia su amiga, hacia sus labios. El segundo beso de Ana. El primero de Nadia. Sin resistencia, sin razón ni sentido. Siete segundos. Y el silencio eterno que sigue. Ambas permanecieron sentadas sin hablar por un rato, la responsable sentía sus labios húmedos y de nuevo olía sus dedos. La víctima tenía miedo de mirar a su atacante, a su amiga. Nadia se puso de pie y sintió de nuevo la humedad entre sus piernas, pero esta vez se sentía menos incómoda. Miró a Ana por última vez y habló: - Nos vemos Ana -.
Caminó de regreso a casa. La otra chica permaneció sentada en su lugar, casi sin respirar, atónita, como intentando desencantarse del beso. En el camino Nadia se sentía diferente, extraña, pero sabía ahora que era agradable. No era la misma que había despertado en su cama esa mañana. Algo de malicia quizás, pero definitivamente algo. En su casa cambió de nuevo sus ropas húmedas y se dispuso a terminar el día viendo televisión. Ni un segundo prestó atención a lo que transmitían en la caja, ni un segundo dejó de pensar en aquella nueva y fascinante sensación, en la humedad antes incómoda, ahora agradable, en Ana, en el beso, en la divina calentura que sentía entre las piernas y el pecho. No podía estar quieta. Sentía una nueva especie de hambre, un apetito voraz que debía ser saciado, algo demasiado poderoso que la movía e impedía que estuviese estática, como lo estaba en ese momento. Era adicta a un aire invisible, a un cuerpo impalpable. Haciendo caso omiso de las imágenes insípidas en la pantalla, la chica se concentró en sentir, en solo ser su cuerpo, sofocarse en su propio calor, se movía lentamente mientras con una mano se alcanzó ahí, en donde lubricaba de nuevo, en la zona más cálida de su cuerpo. Tan suave y tan húmeda. Nunca lo había hecho, sin embargo le cogió gusto rápidamente. Cada vez lo hacía más rápido, se frotaba, se recorría con un dedo, la mano bajo la ropa interior, las piernas completamente abiertas en el sofá, en plena sala. Comenzó a gemir levemente, deseaba quitarse toda la ropa y penetrarse ella misma ahí, in situ. Introdujo un dedo y se sintió como era por dentro. Estaba adentro de sí misma, se movía con más violencia, sentía un vapor que no estaba ahí y sudaba como nunca. Abría y cerraba las piernas para sentir más, sentía que desfallecía, pero entonces un estrépito la sacó bruscamente de su excitación, exaltada perdió la concentración y se reincorporó en la inofensiva posición que había adoptado para ver televisión. Era su mamá, había llegado a casa. Sin llegar a la sala preguntaba en voz alta a Nadia si había hecho algo que debía hacer, ésta no escuchó bien qué era ya que la torpeza de la ansiedad con la que se acomodaba de nuevo en el sofá no se lo permitió. Respondió cualquier cosa y subió deprisa, escalando dos peldaños de la escalera a la vez hasta su habitación. Aún temblando y respirando como nunca antes se cambió de nuevo, por tercera vez en el día, y se disponía a salir de casa como alma que lleva el diablo. No sabía a donde iría, solo correría hasta encontrarlo. No tuvo que correr mucho; al abrir la puerta estaba Ana, dispuesta a tocar. Parecía un poco nerviosa, como indecisa y asustada. Nadia tampoco sabía que hacer, pero definitivamente no la haría pasar, así que se alejaron de la entrada. Caminaron una larga distancia hasta que una se atrevió a romper el silencio. Fue Ana la que habló: - ¡Nadia di algo! ¡Di algo de cualquier cosa, este silencio de mierda me tiene mal!
Nadia solo la miró, hizo un gesto para expresar la misma ignorancia que experimentaba su amiga. La tomó de la mano y la dirigió al refugio bajo un árbol, comenzaba a llover.
-Vamos a tu casa, es mejor hablar ahí. No se si haya algo de que hablar, no entiendo mucho de esto yo misma, pero es mejor lejos de la lluvia- fue lo único que Nadia pudo decir.
En casa de Ana rápidamente se encerraron en su habitación; ahí cambiaron sus ropas por otras secas. Cuando ésta se ponía la parte superior de su prenda de dormir, Nadia sintió la necesidad visceral de mirarla; su amiga lo notó. De nuevo las palpitaciones, de nuevo la energía. Como arrojada por la inercia abandonada del placer inconcluso que vivió en su casa, Nadia se acercó a su amiga; sentía de nuevo el calor entre sus piernas, el sudor que se empezaba a concentrar como pequeñas inundaciones en sus poros. El hambre que tenía que ser saciada finalmente. Entre los cuerpos dejó de existir distancia. Las manos de Nadia sintieron la piel de Ana, la recorrieron por su espalda. Ésta permanecía inmóvil, asustada más que antes, más que nunca. Sabía que no debía pero quería, su cuerpo se lo pedía. Y tras soltar un par de lágrimas nerviosas volteó su cara y miró a su amiga; esta corrió las lágrimas de su mejilla con un dedo y descendió hasta su labio. El beso fue completo esta vez. Los labios que se cubrían por completo, la saliva que se confundía de rostro y se mezclaba y producía nueva saliva, las lenguas que bailaban barnizadas de los jugos orales de las dos jóvenes amantes. El minuto entero. Y la pasión que sigue.
La ropa en el suelo. Los cuerpos desnudos que reposaban sobre la cama desecha; uno sobre otro. Dos tonos de piel que producían a la vista el más hermoso collage de carne viva y sustancia. Esta carne rozaba y quemaba, ardía, gemía, explotaba. La lengua de la inocente ultrajadora bañaba en saliva la piel virgen de su contraparte sexual. Todo el cuerpo, en movimiento ascendente, desde los pies fríos, por sus prolongadas y temblorosas piernas, sus jugosos muslos, su palpitante y enrojecido sexo. Enrojecido por la incesante fricción y el intenso calor de los vapores corporales que las dos niñas emanaban; húmedo, rojo vivo. Lengua y sexo como cuerpo y cuerpo, miembros en danza frenética, en coito infatigable. Hasta que los fluidos perdieron identidad, la lengua de Nadia no se separó del cuero carmesí de Ana. Sus fortalecidos labios prensaron el sexo de la otra chica. Comía hambrienta, devoraba carne y bebía jugos de piel. Los chillidos esporádicos solo la excitaban más y mordía con más ensañamiento. Continuó su ascenso por el delicioso abdomen de niña aun, por su piel láctea, un tanto más oscura de tez que la que reposaba sobre ella; ascendía por los campos elíseos del tronco perfecto de la amante condescendiente. Y los senos infantiles, como frutas que aun no han madurado, los pechos de la niña servían como meros soportes de sus tensos pezones, endurecidos y lubricados por la lengua efímera que conoció todo su cuerpo. Pecho, hombros, nuca y espalda; entre besos y feroces lamidas, bestiales roces de boca y cuerpo. El cuello recibió especial atención, fue tratado como si se fuese a quebrar al tacto, con la consideración que se le da a algo frágil, algo hermoso. Un rostro contra el otro en extendida contemplación; ojos con miedo a mirar, labios con miedo a rozar, aliento con miedo a penetrar. La sumisa y la dominante. Ambas con el mismo miedo. Nadia, de sexualidad violenta, arrojó por segunda vez el beso perpetuo y otra vez las lenguas hicieron el amor en el nuevo seno creado entre ambas bocas. Labios superpuestos y piernas entrelazadas. Se respiraban ansiosamente, sus labios resbalaban con dulzura. La inhalación de la amante protagonista se hizo cada vez más pesada, su amiga la estimulaba con una mano por abajo, en su propia cajita orgánica perspirante, su cavidad de tejidos inflamados y explosiones solares. Penetrada por el miembro que mimetizaban dos dedos temblorosos, Nadia se abrió por completo y comenzó a mover su cuerpo buscando el placer que no podía permitir se le escapase. Penetrada y besada, respirada, lamida, penetrada, rozada, gimiente, gimiente, hiriente, sollozante, gimiente, penetrada y asesinada. La última punción. Como una lanza sáfica/fálica atravesando su pecho, justo en el medio. El último beso y el último grito. Los ojos desorbitados, la mirada muerta, perdida. Todo oscuro y de repente todo blanco. Y de repente. Nada.
Otro día más de tardes empapadas de diluvios. Otra siesta amnésica que la dejaba en un estado post-traumático, con la respiración entre cortada y las sábanas empapadas. La mujer no recordaba mucho. En la conciencia de otra chica vivía experiencias extra corporales. La frígida y enferma dama proyectaba su impotente torrente sexual a una realidad soñada. Alguna chica en algún otro lugar podría satisfacer las necesidades físicas que aquella infeliz mujer no pudo por su condición maldita. Empatía. Sueños tan reales que debían tener su realidad en algún otro plano. Tardes de lluvia y sueños. Una lo soñaba y la otra lo vivía. Y compartían el mismo sexo en sus sueños de empatía. En sus tardes de días lluviosos.

1 comentario:
Es extraño, pero tiene ese característica que cautiva.
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