Con mamá tengo. Suficiente... más que suficiente. Ella jode por partida triple. Por ella, por papá y porque sí. Jode que jode ¿no te jode? Ya imaginaba el mega discurso, aunque sea a nivel horizontal, de tú a tú, de mujer sin anillo a marido sin mujer. Justo como si fuera de mamá a papá, casi tan mal, así de terrible preveía el castigo de esta noche. Rebeca no iba a dejarlo pasar sin parar peo. Y sin embargo, heme aquí, pronosticándolo todo, lo más terrible, a sabiendas de aquello, con el poder de evitarlo, a dos acciones de una noche perfecta, con un tope de fresas con crema, el folle degenerado que Rebeca había prometido para finalizar aquella noche especial. Entonces, dirán ¿cuál es el problema con este imbécil? ¿Por qué no hace lo que debe y deja de perder el tiempo pensando huevonadas? Pues, aquí, como diría Mario Moreno, está el detalle. En el “ahora” y el “qué estoy haciendo”. En las 6:49 de la tarde, en el apartamento de Nacho. ¡Y qué coño hago en lo de Nacho, a “diez para...”, si a las 7:00 PM debo estar buscando a Reba, listos ambos, por su casa, al otro lado de la ciudad! Y sé que no voy a llegar. Y no muevo un pie para empezar a dejar la casa de Nacho. Algo no me lo permite. Hay algo que me está jodiendo la vida por completo, dominó por dominó de una seguidilla kilométrica que acabaría por aplastarme y sofocarme vivo. Nada me complacía más en este momento, aceptar mi ineludible e inminentemente trágico futuro no muy lejano, abrazarlo e ignorarlo por completo ¿Por qué? ¡Coño, porque podía! Porque sencillamente, el gusto que me estoy dando justo ahora mientras la velocidad de mi pensamiento escribe estas líneas, lo vale, lo supera y hasta me dará motivo para sonreír al recordarlo mientras el sombrío destino que me espera esté en pleno desarrollo frente a mi estoica y ciertamente preparada humanidad ¿y qué tanto misterio es, pues? ¿Qué clase de circulo de protección estoy trazando a mi alrededor, de chaleco antibalas me estoy amarrando, de cura contra el cáncer se me está siendo suministrada, de exótica bailarina stripper está bailando en mi regazo? Pues, la última, ciertamente, la más hermosa que haya visto en mi jodida vida entera... aunque no sea bailarina stripper exótica, ni sea en mi regazo el baile. Es de la ventana de un apartamento, de un edificio, hasta la ventana de un apartamento de otro edificio, el que queda justo frente al de la chica desnuda que se mueve solo para mí, el edificio de Nacho ¿Y cómo llegó a gestarse esta situación para comenzar desde el principio? El tiempo apremia, pero de alguna manera puedo pensar realmente rápido justo ahora, así que aprovecharé para repasar para todos ustedes que invaden con mi permiso mis pensamientos, el cómo, desde dónde y hacia donde, de esta intersección de situaciones y bailes en regazos.
Estamos a lunes ¿no? Si. Estamos a lunes. Ayer domingo, mañana martes. Bueno, ayer domingo, al menos. Mañana no se si llegue ni si quiera. Hoy, lunes, se cumple un año desde que pasé a ser el novio de Reba. Mariquera; pero es algo necesario. Si no hace uno eso, qué se supone entonces que haga uno con su vida. Edtudiar, trabajar, salir a joder, beber y follar, drogarse un poco, follar otro poco, ennoviarse, trabajar más, y más trabajar, planear viajar para nunca hacerlo, casarse, reproducirse, perpetuar las mismas estupideces por generaciones y ser acreditador de nuevas proles, de nuevas existencias vacías y nuevas posibilidades de nuevas y distintas maneras de abismos existenciales; es ésta mi colaboración a gran escala con la debacle universal, con el ciclo de la muerte inminente, con la decadente manera del rumbo incambiable del mundo; solo somos pocos los que podemos vislumbrar con diestra visión y distinción, el futuro, tan lúcido, tan lejos y tan cerca, tan próximo y tan... perdido.
En fin, estas son las maravillas que un millón de pensamientos por segundo te permiten considerar. Lo único que prometí a Reba era que la pasaría buscando por su casa a eso de las 6:30 a 7:00 de la noche, siendo esta última, la hora límite, el minuto plus inaceptable. Reba no es ninguna pajua. Puedo ser el peor de los superficiales e incluso puedo ser, fiel a mi mejor formación de clase media-alta de burguesía de encanto muy pero muy discreto, con aspiraciones aristocráticas realmente poco filantrópicas, un poquito hijo de puta; no puedo evitarlo (aquí me hallo sonriendo ligeramente, ya que me hace sentir un tanto orgulloso todo esto). Como venía diciendo, mi novia puede ser la criatura más adorable y manipuladora, la más sexy y absolutamente básica y elemental, puede ser realmente una perra, puede ser y de hecho es hipócrita mucho mejor que yo, es sofisticada como yo soy práctico en cuanto a mi mejor bichejo populacho acomplejado social (...exacto). Qué quiere decir esto, que Reba no sea ninguna pajua, pues tan bien como puedo conocerla, justo como he estado alardeando, ella me conoce a mí, y bien sabe que, entre las 6:30 y 7:00 PM, y las 7:01 PM, hay declaración de conflicto. Estoy en problemas. Ella lo sabe, yo lo se, Nacho lo sabe; la única que no lo sabe es aquella hermosa, hermosa, perfecta fulana sin dignidad que, durante cuarenta y cinco minutos, supe amar a distancia con mayor pasión, arrebato, y sobretodo sinceridad que con la que jamás siquiera miré a Reba en los ojos. Que pusilánime y maricón es mi amor. Pero suficiente con eso. Prosigo. Prosaico, prosigo, ramplón e injusto; prosigo y me hundo cada vez más, prosiguiendo sobre la marcha, soez y pedestre de mis intenciones más sinceras. Si no fuera tan bajo y vil y detestable, Reba tendría todas las razones para amarme con la locura y sinceridad con la que nos juramos que lo hacemos, ya que, en nuestras naturalezas ‘japutas, somos absolutamente cristalinos, transparentes, dados en entereza y totalidad al otro, y a “eso”, a esa cualidad de vileza humana, de gran interés social. Al final, somos perfectos para el otro. Pero, volviendo al meollo, y recordando a Mario Moreno, el detalle es uno y sigue siendo el mismo: Reba no es pajua. Para ahora ya debe saber que el caballo está jodidamente atestado de cabrones troyanos. Algo le huele mal desde ya, 7:02 PM, aunque aún no pueda demostrar “Qué”. La verdad. Esa es que llegué a lo de Nacho a las 4 de la tarde casi. Fui a su casa a mirar el partido del Real Madrid. Como soy de cabrón entregado a camisetas que me saben a setas y pronuncio soberbio e inmaduro como crío saliendo de la última peli de muñequitos que hablan y suenan más graciosos en españoleto de Galicia, las típicas tontodelculadas que diría alguien que quepa en la descripción, como soy así y lo reconozco, estoy en mi derecho de saberme un pendejo más y disfrutármelo; una cosa es cierta, y es uno de los principios absolutos en la vida en burguesía para los jóvenes que apenas aprendemos a vivir del engaño como nuestros padres quieren que hagamos, y por nosotros, tanto mejor: y eso es que uno puede considerar algo, bueno, malo, estúpido, ridículo, lo que sea; esto es cierto, pero también puedes mentirte al respecto, puedes elegir, puedes participar de la mentira tanto como elijas, tu nivel de participación lo decides tú y tú solo. Así vivimos la vida los jóvenes que no tenemos puta idea de que va la liga de fútbol española, ni los abrigos de cachemira, ni siquiera la puta Ilíada de Homero, pero aún así, a Reba, a las 7:03 PM se le hacía más claro que, sea lo que fuere aquél caballo de Troya, debía estar lleno de troyanos; es decir, solo sabía que estaba por joderla, yo a ella, y no le importaba no entender nada de caballos ni de cultura griega, ni de tener idea de cómo iba a joderla yo, ni siquiera si sería algo que la molestaría en verdad. Pero en el juego sin fin del muy discreto encanto de nuestra porquería, Reba debía ahora jugar a la esposa sin anillo, la sufrida encabronada, debía empezar a preparar en su cabeza el pleito del tú a tú, el Chernobyl horizontal, somero peo. Y yo ni me acuerdo cuanto terminó el puñetero partido; ni siquiera recuerdo contra quién jugó el Real. Solo sé que, al minuto 15 del segundo tiempo, me ladillé del fútbol (después de todo, lo mío siempre fue el básquet), y me hallé una mucho más interesante ocupación: me puse a fisgonear a los vecinos de en frente de Nacho. Éste por supuesto no objetó, me prestó unos binoculares militares o algún demonio así (no entiendo para qué un Nacho tiene unos binoculares militares en su cuarto... es el más evidente rasgo de perversión patrocinada por la casa que sea que fabrique y distribuya dichos binoculares militares). Y esta última, ahora yo abogando para con la integridad física de jóvenes y atractivas chicas con tendencias y un gusto por bailar semidesnudas en sus condos. Paja. Continué fisgoneando. En algún momento entre el gol de Pelé o de Maradona ¿o era Platini? ¡Ja! Me lleva el diablo, en cualquiera de esos, la chica notó que estaba siendo observada por un servidor y, para mi sorpresa y fascinación (como ya habrán de descubrir una y otra vez, ya que me aseguraré de que así sea, que el fervor de la atracción y la pasión de ésta, mi nueva fijación de carácter sexual, fetichista, o si se quiere, romántica, no lo se aún, no me importa... para todo lo que me importa, podría ser un caballo, o yegua de la lujuria troyana, inhabitado, insospechadamente por mí, por agentes secretos del amor, cupidos encubiertos que trabajan para Menelao. Y yo, como sea que me llame, qué voy a saber de mitología griega (como buen hombre para Reba), por el amor de Jehová.
Bueno, creo que aquí, ahora, a estas alturas, hemos establecido el primer punto de control. Ya conocemos la situación. Ya conocemos el “de dónde venimos” y el “a dónde vamos” (sin ánimos de resonar a su padre, el inmigrante, Gerbasi...), y más importante, ya nos enteramos de qué pasó entre esos dos puntos, la inflexión, el McGoffin definitivo que procuró que mi Reba desatara un encabronamiento (o furia, mucho más prístino) dignos de poner en movimiento las pasiones que hacen que estos pensamientos instantáneos que les comunico, Oh, ávidos telépatas, resulten en narración pertinente, fascinante, humana, ajena a mi indiscreto encanto, ahora, mi frialdad se ha descongelado, aquellas nalgas en hilo dental derritieron la coraza de todo aquello falso y pretendido de mi vida burguesa de demasiado joven aún, de necesidades innecesarias, de prioridades malsanas, de una novia que amaba, si, innegablemente, aun ahora lo puedo ver, la amo, pero ha sido siempre por las razones equivocadas, por lo que podría considerar también que, entonces, no es así y no lo fue jamás. Por lo pronto, una figura femenina, intensamente sexual, cambiaba mi vida al tiempo que Dida o Beckenbauer marcaba un golazo.
7:0… ¡ahhh que importa ya! La furia de Reba es lo que menos me importa en este momento. Ahora, para todos ustedes, dedicaré mis pensamientos a recrear como es que fue fomentándose, sin diálogo, sin miradas que, por distancias que empequeñecen mucho los ojos y esconden en igual proporción nuestras intenciones y reacciones, pudieron haber propiciado lo que a fin de cuentas terminó sucediendo igual, si con mayor reserva y tacto por parte de ella como por mi parte. El verdadero detalle, el verdadero troyano fuera del caballo, el ojo del huracán, todo lo que sucedió en las 24 horas que precedieron y sucedieron a este día, están supeditadas a lo que narraré con parsimonia y excitación adolescente, a continuación.
Lo borroso permanece borroso. El grito de “¡Gooooooool!”, Nacho brincando y salpicando todo el suelo de cerveza, celebrando, y yo saltando para evitar las gotas de lo mismo sobre mí. Y en este momento, la realización de ella. El término es inexacto. Realization en inglés, vendría siendo algo así como “el darme cuenta”; aunque pensándolo bien, deteniéndome a detallar la escena, nada que no fuera premeditado por la imaginación podía suceder tan casualmente, tan fortuito, tan peliculesco; ni Michel Gondry procura accidentes tan perfectos como éste. Entonces puedo decir que sí, fue una realización, en castellano impropio. El rostro siempre oculto. La ignorancia de ser observada. Mi ventana indiscreta, como el encanto de los míos. Al principio no fue más que un “oye, que chica atractiva…”, o un “¡Atención!, esto podría tener potencial”. Y de hecho… Mi sorpresa fue recompensada por mi febril imaginación de tarado que jamás escapó de la hormonalidad de su adolescencia, lo cierto es que podía distinguir a ésta chica en ropa interior negra, hilo dental, y una camiseta de tiritas blancas, que dejaba ver que no llevaba la parte superior de la ropa interior. Y no menos cierto es que justo cuando le adjudiqué la importancia que merecía, apareció de fuera de cuadro y entró en escena el coautor de la hazaña de la preciosa vedette impráctica. La cogió por la cintura, por detrás, la sostuvo como si fuera a quebrarse, la alzó con una facilidad que hacía parecer que la chica pesaba lo que una pluma (he de aceptar que algo de la condición física del tipo era envidiable… y de hecho, gran parte de mi fascinación por toda aquella escena, era que el rol desempeñado por el tipejo este, correspondía al mismo que cada tipo superdotado en cada pieza porno que he visto, el de imaginarme a mí en esa posición de poder que, en términos prácticos jamás podré realizar. Sentía que era YO quien la cogía así por la cintura, con esa facilidad y con esa gallardía y destreza, quien la tocaba con aquella precisión y acierto, era yo quien la hacía sentir así de bien y era a mí a quien ella agradecía infinitamente en amor y caricias y afectos que jamás podrá completar satisfactoriamente para demostrarme lo mucho que le afectan mis afectos. Era realmente enviciante observar a un par de amantes tan profesionales y atractivos, serlo, daba cierta envidia, el querer ser parte de eso, y a la vez, todo el juego voyeurista daba inclusive la sensación de ser parte de aquello, una especie de tercera rueda, que había sido invitada y que estaba ahí por ley, excitándolos en la misma proporción que ellos a mí, simplemente, jugando mi rol, un tanto más pasivo, pero indudablemente igual de importante; así me sentía parte de ellos, así me sentía parte del trío. Esta era mi Ilíada personal. Él se separó brevemente, y antes de regresar, ya yo contaba con la privilegiada vista de los binoculares militares de Nacho, nitidez que entre otras cosas pudo permitirme darme cuenta de que mi presencia en aquél acto había sido descubierta, la chica había notado mi participación pasiva, y enamorada de lo enfermizo de todo aquello, hizo caso omiso, y hasta intentó incluirme como parte del trío, al no informar a su compañero físico, y utilizarme a mi tanto como instrumento que le producía excitación a ella, como elemento que se alimentaba en excitación de ella y él y por igual; es decir, en breve, yo ahora formaba parte de la relación con la chica inclusive bajo su consentimiento y deseo. La estimulaba, haciendo tan poco como ver por los binoculares militares de Nacho que hacía tiempo habían dejado de perturbarme, en la misma magnitud en la que ella y todo el jueguito perverso me estimulaba a mí. Mi día estaba hecho. No comprendía todo el rollo freudiano que estaba teniendo lugar en mi cabeza y en mi cuerpo, pero no recordaba cuando era la última vez que si quiera sentía una energía lasciva que le llegase a la mitad de aquella. Reba era distinto, ella era un mundo como el que ya describí, muy impermeable a toda esta dinámica psicosexual pervertida que me traía sin cuidado sobre todos los incontables problemas en los que habría de meterme ese mismo día por esa misma desventura que nada productivo palpable me habría de traer, y que sin embargo, ese déficit de compensación ya me era más que suficiente.
Así era la situación. Yo no podía controlar nada a mi alrededor ciertamente. Nacho de vez en cuando gritaba “¡Falta!” o alguna otra incongruencia que no pasaba por mi filtro de castellano y simplemente no seguía. Mis ojos fijados sobre ella, sobre su figura sin rostro y su rostro fijado sobre aquél panel de ventana sobre el que, al apoyarse, se sentía lamida y poseída y ultrajada por mí y mis intenciones menos decorosas y su permiso me alimentaba y mi atrevimiento la estimulaba y juntos llegamos a estar, separados por una distancia tan pronunciada, enclaustrados en un espacio mucho más pequeño y claustrofóbico que el que los contenía a ella y a su amante físico. Casi podía respirarla yo a ella, como ella casi podía rechazarme. Empatía. Tomo aire. Siento el sudor descender por mi frente. Respiro con una dificultad enviciante. Empatía. Estos fueron los famosos 45 minutos que sellaron mi destino del día. Y ni una onza de presión sentí sobre mí, a pesar de estar totalmente conciente de la hora y la situación (el celular lo había apagado media hora antes). No fue sino tras el final del partido y el análisis de las jugadas más importantes, creo que por Careca, Caniggia, y Roberto Baggio, o el colombiano al que mataron por hacer un autogol (no me sirven referencias muertas para pretender). Si ella no detenía aquello, nadie lo haría, creo que ni la propia Reba, en cuerpo y alma, en ímpetu físico, abusando terreno y atacando mi integridad material, hubiese sido capaz de sacarme del trance. Solo aquella ninfa desquiciada con una manita con la que hizo un gesto, a dos tiempos, dos ondas, “chau chau”, y el hechizo, así nomás, fue deshecho. Gracias a Dios, porque ya hasta empezaba a expresarme como maricón. No me retiré de los binoculares ni de la ventana hasta que la chica tampoco lo hizo (no sin antes observar como se vestía de nuevo en sus ropas de calle, y me hacía señas, a escondidas de su novio, de posibles sugerencias, en el mismo lugar, en días posteriores). Nacho ya empezaba a romperme los cojones. Me presionaba. Me decía que dejara de espiar a la putica del PH. Sus palabras hacían ricochet sobre mis embrutecidos y sobresexuados sentidos. Entonces la seguí con la mirada mientras ella dejaba la habitación. Y volví a la miserable realidad carente de la emoción de mis últimos 45 minutos de vida. Y comprendí que mi vida había sido una completa pérdida de tiempo en la que la posibilidad de mucho más en cuanto a sensaciones y estímulos e intensidades irresponsables coherentes con mi condición de joven, patán, hedonista y poster-boy de lo superfluo, eran ahora, una realidad a la que no solo podía, sino que debía aspirar, y cualquier esfuerzo desviado a cualquier intención ligeramente menor a aquello, sería condenable con la muerte o, peor, aburrimiento por el resto de mis días.
Okay. Control de realidad. De vuelta a la normalidad por un minuto para resetear prioridades e intentar recuperar la mayor cantidad de tiempo posible y revertir la mayor cantidad de daño producido en los últimos 46 minutos hasta ahora. Tras prender el celular, mi asombro no cabe en mí al corroborar que no tengo llamadas perdidas ni mensajes atosigantes por parte de Reba… aún. O posiblemente haya otra explicación. Esta es una encrucijada. Aquí soy Jesucristo y frente a mí tengo al Gólgota, que se extiende largo y empinado, más aún con la cruz y la corono de espinas que tengo que soportar al ascender por él. Y detrás tengo a la serpiente, haciendo “hissssssssssss” en un torpe y muy iluso intento por seducirme, a estas alturas de la redención ¿De verdad cree el demonio que podrá jugar y joder con mi voluntad, que desengañará de tal manera al destino de la humanidad? No creo que pretenda en serio intentar que el hijo del arrepentimiento vaya a darles la espalda a todos quienes confían en él, en el momento preciso, justo ahora, cuando Reba y los 12 apóstoles de cada una de las etapas de su furia, sostienen firmes y con intención deletérea el mazo de todas las maldiciones que vienen en mi camino. Todo esto es lo que voy pensando, orgulloso de haber ya padecido mi momento de flaqueza y vicisitud, de haber superado mi debilidad, y qué debilidad, en camino al estacionamiento, al auto, a Reba. En camino al camino normal de las cosas me arrepiento de mis acciones desviadas y me siento mejor por caer de vuelta en mi conciencia tranquila, cristiana, punible, culposa. Entonces, ella, la vecina, la putica del PH, la mujer de mis 30 metros favoritos en el mundo, está ahora, a 30 metros en línea recta, en el estacionamiento del edificio de en frente, ya sin un abismo que nos separe si intentamos caminar hacia el otro. Cae el mazo de todas las maldiciones que vienen en mi camino. Doy la vuelta en la encrucijada hacia el Gólgota. Sigo el hissssssssss de la serpiente. Traiciono a 12 apóstoles y una esposa sin anillo. Ella no me ha visto, pero ya yo he visto todo lo que me ha bastado para tomar una decisión. Vuelvo a apagar el celular y mis hormonas se convierten de nuevo en Poncio Pilato que me ha vendido a la turba de las emociones más básicas que disfrutaran de un empalamiento con mis restos después de que todo esto llegue a su inevitablemente dramático fin. Lo siento Reba, pero el verdadero amor es bastante más sucio de lo que suponía contigo. En el carro, agazapado, me escondo, esperando a que ella arranque primero. Mi intención es seguirla sin que se de cuenta, para que no tenga ni voz ni voto a la hora de guiarme derecho a su hogar. Quiero saber todo de ella sin que ella sepa que lo se. Cuando esté por entrar a casa, ¡Zas! ahí la sorprenderé. Ella arranca, yo la sigo. Comienza el camino que me hundirá un poco y me elevará otro. Como Hesse bien dijo en Demian (aunque, como podría saber yo esto, claro está, ya que mi devoción es estrictamente hacia las funciones inservibles de la vida, la lectura no forma parte de mis prioridades, Oh misterios de aquello que conozco sin saber cómo lo conozco…), en fin, “para nacer a un mundo hay que destruir otro”. Esto es precisamente lo que estaba en juego. Esta era la jugada que estaba llevando a cabo. La cabeza de Reba rodaba por el asfalto sobre el que andaba hacia mi nueva ruta, que me resultaba ligeramente familiar, y que me resultaría innegablemente agridulce en un futuro no muy lejano. El camino fue sutil, fue indiscreto, como todo siempre, como fui enseñado por mis padres a seguir, a destellar ese encanto. El camino de regreso a casa, el camino hacia lo nuevo se sentía como el camino que emprendía cada día de regreso a casa. Como el camino de vuelta al útero, subiendo por placenta de mi madre y reposando plácido en mi nuevo hogar, en mi nueva meretriz, en aquello que pronto, estoy convencido por alguna razón, estaré llamando desde entonces en adelante “hogar”. Ella. Enferma y nociva. No puedo esperar a sorprenderla.
El desenfado. La bravuconería. La valentía. Esto, más que acechar, era la primera acción de desprendimiento paternal, social, de un acto desinteresado, y por primera vez “interesado” en algo más que mi rendimiento en el mundo en el que algo se espera de mi. Y no puedo por alguna razón, sacudirme la sensación de que regreso a casa, de que el camino me es familiar. Ella se ha detenido, en un edificio. Se siente todo muy cálido, se siente correcto. Ha de ser por algo. La sigo. Ella baja un pie de su auto y yo, escondido tras una columna en el estacionamiento, bajo un pie del mío. Olvido el celular en el auto, creo que intencionalmente, con cada gesto siento que dejo atrás algo de mi vida desperdiciada. Pero también siento, cada vez que doy un paso, que de alguna manera me refugio en algo igualmente familiar. Ella aborda el ascensor. Yo no puedo aún, me quedo esperando a ver en que piso se baja. El 6. Piso 6. Por qué me sonará tan familiar. 6. Ni hablar, no hay tiempo para internalizar y conocerme a mi mismo a profundidad en un momento tan cargado de ansiedad como éste. Uno no se cierra a rememorar la infancia cuando tu vida entera te pasa frente a tus ojos. Uno no le pregunta a la prostituta, en tu primera vez, cómo fue cuando perdió su primer diente de leche. Corrí por las escaleras y en el piso 6 cogí la salida que daba al pasillo. Salí, y entré al pasillo. Y ahí, en el pasillo de mi día a día, la vi, a la nueva mujer del resto de mi vida. Y más que mujer y ya, a mi nueva vida. Y sin embargo algo aún no cuadraba del todo. Ella iba más adelante, así que solo daba con su espalda. Corrí hacia a ella, a alcanzarla, y cada pasó a carrera que daba, era un paso a la “realización” (en inglés y castellano) de dónde estaba. Claro que lo sabía, y así y con la inercia de un espectro muerto en vida, mi cuerpo alcanzó al de ella. Y sin querer lo tropecé. Y ella volteó y me miró a los ojos y sonrió. Y habló:
-¡Mi amor! Te quería sorprender vale… sé que se supone que tú me buscarías, de hecho, pensé que te pondrías bravito porque hace veinte minutos debía estar lista en mi casa, no supe si pasarías por ahí, entonces dejé dicho con mi má que esperarás aquí y yo vendría a visitarte, fíjate, no tengo muchas ganas de salir hoy, prefiero quedarme contigo y echarnos a ver tele ¿no te parece? Estoy de fatigada… ni te cuento. Estuve toda la tarde haciendo ejercicio ¡Uff bebé! De lo más cansón… no puedo con mi alma, me sacaron hasta la chicha, me dieron a reventar en ese gimnasio mi amor ¿y tú? Que tal tu día ¿has hecho algo interesante? ¿y por que te veo tan pálido bebé? ¿Estás como hiperventilando? Ves, seguro que necesitas acostarte un ratito, mira que todo sucede por una razón ¿no ves? Si hubiésemos salido, todo el ajetreo y esos planes exóticos que teníamos para esta noche, imagina como hubieses quedado mi amor. Menos mal que te conozco más de lo que piensas y se cuando prefieres otra cosa… yo sabía que hoy pensabas en mí y que en verdad te daba pena pero querías algo más ¿no?-.
Mi gran acto de sorprenderla, fue su gran monólogo. Mi génesis fue su sentencia de muerte a mí. Mi amor fue su estímulo cuando estaba con otro. Mi esposa sin anillo es la putica del PH. 7:22 PM. Mi celular jamás sonó, aun ignoro por qué. Y el simbólico camino de “regreso” al útero, y la sensación de estar regresando al hogar… no era más que estar regresando a mi hogar. Y siempre pensé que los caballos troyanos representaban algo más. El mundo visto desde adentro del caballo, cuando se es un guerrero troyano. Y el mundo, cuando se es un troyano fuera del caballo. Pero ¡Carajo! cómo me provocó echarme a ver un partido del Real Madrid justo en ese momento, y pararle bolas de verdad verdad.
-iluminación zen para la generación "trend"-
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